Un perezoso colgado bajo una rama pelada contra el cielo azul, alga verde en el pelo gris y las garras enganchadas a la madera.

Fauna

Dos dedos, tres dedos: cómo ver un perezoso en Cahuita

Casi todos buscan una cara o un movimiento. Un perezoso no es ninguna de las dos cosas: es un bulto donde no debería haber uno, y ahí se queda.

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Desde abajo, un perezoso no parece un animal. Parece un nido de termitas, o un montón de hojas secas atrapado en una horqueta. Ahí está todo el método: deje de buscar una cara. Busque un bulto donde no debería haber uno y espere a ver si tiene contorno.

Alrededor de Cahuita viven dos especies. Los nombres de siempre son perezoso de tres dedos y perezoso de dos dedos. Lo exacto es hablar de los dedos de las manos: las dos especies llevan tres garras en las patas de atrás, y la cuenta que las separa está en las de adelante.

Bradypus variegatus

El perezoso de tres dedos de garganta café. Pelo café grisáceo, cara pálida y una franja oscura que sale hacia atrás desde cada ojo, como un antifaz. Las comisuras de la boca van para arriba, así que toda foto sale con sonrisa. Es hueso, no ánimo.

Este es el que más se ve, porque está despierto a ratos de día y también de noche. El sueño se lleva de quince a dieciocho horas de cada veinticuatro, y lo demás queda repartido. Para buscarlo, la tarde es la mitad buena del día.

La señal es el cuello. Bradypus lleva vértebras de más ahí, por encima de las siete que le tocan a casi cualquier otro mamífero, y la cabeza le gira cerca de tres cuartos de círculo. En una tarde quieta el cuerpo se queda pegado a la rama y solo voltea la cabeza. Esa vuelta pequeña es la que rompe el bulto y le avisa al ojo que está viendo un animal.

Choloepus hoffmanni

El perezoso de dos dedos de Hoffmann. Más grande, más lanudo, con el hocico más largo y casi sin marcas oscuras en la cara. Dos garras en las manos en vez de tres.

Anda de noche y se mueve por el dosel unas ocho horas. De día suele ser una bola encajada en una horqueta, y esa bola es la que se fotografía y se confunde. Su cuello es común, de unas seis vértebras, y la cabeza le gira cerca de un cuarto de círculo. Entonces, una cabeza que voltea lejos es un Bradypus. Una cabeza que apenas gira, en un animal más grande y más desgreñado, es un Choloepus.

De tres dedos De dos dedos de Hoffmann
Especie Bradypus variegatus Choloepus hoffmanni
Garras delanteras 3 2
Cara pálida, franja oscura en cada ojo, boca hacia arriba hocico más largo, pocas marcas oscuras
Tamaño 42–80 cm, 2,25–6,3 kg 54–72 cm, 2,1–9 kg
Actividad de día y de noche, más activo entre mediodía y las 6 p. m. de noche, unas 8 horas de movimiento
Giro de cabeza unos 270° unos 90°
Sueño 15–18 horas al día sobre todo de día
Longevidad unos 30–40 años fuera de cautiverio hasta 43 años registrados en cautiverio
Estado UICN Preocupación Menor Preocupación Menor

El guarumo

La frase de siempre dice que los perezosos viven en guarumos. Es un mito y tiene una causa simple. El guarumo tiene la copa abierta, en forma de sombrilla, con pocas hojas de por medio: un perezoso ahí se ve desde la calle. En una copa densa no se ve desde ninguna parte. El árbol no es una preferencia. Es una ventana.

Un dosel denso de palmas en la neblina. La mitad difícil de la muestra se ve así, una copa oscura donde nada se mueve.

El trabajo con radiotelemetría, desde los años setenta, siguió a los animales fuera de esa muestra visible. Se ha registrado a perezosos comiendo en más de noventa especies de árboles. Son generalistas.

La Sloth Conservation Foundation, que trabaja en esta costa, pone la otra mitad. En una finca de cacao costarricense, los perezosos con más guarumos dentro de su ámbito de hogar sobrevivieron mejor y se reprodujeron mejor. Ese estudio salió en Proceedings of the Royal Society B. El guarumo es un buen árbol de comida entre muchos, y tenerlo cerca ayuda. Lo que no es, es una dieta.

Para encontrar uno, la versión práctica es corta. Revise primero los guarumos, porque es lo fácil. Después deténgase y empiece a leer las copas densas buscando formas, porque ahí está la mayoría.

Las polillas de Jonathan Pauli

Los perezosos de tres dedos bajan del dosel más o menos una vez por semana, a defecar en la base de su árbol. Todo lo demás en el animal está hecho para quedarse arriba. Se estima que bajar y volver a subir cuesta el ocho por ciento de las calorías del día, y más de la mitad de las muertes registradas de perezosos se atribuyen a la depredación en esos viajes. Es lo más caro que hace un perezoso, y lo hace por calendario.

Jonathan Pauli es ecólogo en la Universidad de Wisconsin-Madison. Dirigió un estudio en una finca de cacao en Costa Rica para averiguar por qué: catorce perezosos de dos dedos y diecinueve de tres dedos, publicado en Proceedings of the Royal Society B en 2014. Su equipo encontró polillas del perezoso viviendo en el pelo. Cryptoses, hasta unas ciento veinte en un solo animal. Las polillas ponen los huevos en el excremento fresco, las larvas se alimentan de él, y los adultos vuelan al dosel y se instalan otra vez en el pelo de un perezoso.

Lo que se propone después es un ciclo. Las polillas suben nitrógeno al pelo. El nitrógeno abona el alga, Trichophilus, que crece en los surcos de cada pelo y pone verde el manto. El perezoso come algo de esa alga y de ahí saca grasas. El viaje semanal se paga solo.

Julián Monge-Nájera no lo acepta. Su revisión de 2021 en Cuadernos de Investigación UNED hace dos observaciones: Bradypus variegatus casi no se acicala, y el ochenta y tres por ciento de las muestras intestinales no tenía ningún resto de alga. Su lectura es más aburrida y más difícil de rebatir. Los animales bajan porque bajaban sus antepasados, y nada ha empujado lo suficiente para que dejen de hacerlo.

Dos artículos, el mismo animal, el mismo tipo de finca. Nadie lo ha zanjado.

Ruta 36

Lo que sí está claro es qué pasa cuando un perezoso llega a un suelo que no esperaba. Cuando asfaltaron la carretera de la costa cortaron los árboles cuyas copas se juntaban por encima, y el dosel dejó de ser continuo. Animales que nunca habían tocado el suelo empezaron a cruzar por el tendido eléctrico y por el asfalto. Ahí estaban los cables, los perros y los carros.

El proyecto Sloth Crossing, de la Sloth Conservation Foundation, tiende puentes de cuerda sobre los tramos de más tráfico, a unos quince metros de altura. El corredor va de Cahuita, por Playa Negra y Puerto Viejo, hasta Gandoca-Manzanillo. El primer puente se puso alrededor de 2019. Para febrero de 2022 había 114. Una publicación posterior de la fundación pone el número por encima de 130, y no encontramos un conteo más reciente.

Las cámaras trampa en los puentes han registrado catorce especies usándolos: los dos perezosos, congos, carablancas, zorros pelones. Las cuerdas se ven desde la calle, si alguien mira para arriba en vez de al asfalto.

Esa es la forma del asunto. Un animal que pasa treinta años evitando el suelo. Lo baja una vez por semana algo en lo que la ciencia todavía no se pone de acuerdo, y una vez más lo baja una carretera. La bajada por el sendero hasta Playa Grande, y el parque que empieza donde termina la playa, están en el lugar.